miércoles, octubre 29, 2008

Abajo del sur de vos (siempre sonará carnaval)

El festín del monstruo resultamos ser nosotros, los enanos de dedos gordos. Con un vinito y ganas de morirse abajo de una frazada abajo de una cama abajo de una casa abajo de un puente, lo esperamos y lo dejamos venir. Nos imaginamos, sí, claro, salir corriendo, pero estábamos más cómodos así sentados, con un par de revistas en la mano y superpoderes en las axilas. Nos imaginamos, sí, claro, inmunes a toda esa monstruosidad y también imaginamos (creímos, absorbimos) que no existían -ni el monstruo, ni el festín, ni nosotros-, pero cuando descubrimos que podíamos bailar, nos dimos cuenta de la mentira y quisimos escapar. Fugarnos, correr; correr si se pudiera correr adentro de los huesos del festín, que ya sabía a maní, cerveza y camaradería pasajera. Y después más tarde luego, nos imaginamos. Y luego, tan luego que no me acuerdo, fuimos.



(fuimos, nosotros, nos fuimos, nosotros nos fuimos a nosotros mismos)

lunes, octubre 27, 2008

Entrelazados, sobre la esquina descolorida, flotamos ella y yo


Derramando gotas de amor sin punta. Derramando gotas de la lata medio vacía, derramando gotas de placer contra una puerta. No vamos a vacilar antes de manchar cada pedazo de oscuridad, no vamos a dudar antes de ponerle la cara al día. No vamos a esperar para ir a flotar, no vamos a pensar antes de mudarnos de lugar. No nos vamos a quedar si nos piden que nos crezcan raíces. Derrochando gotas de libertad, vamos a acabar(nos).

sábado, octubre 25, 2008

El gigante pasa por adentro del gusano.

martes, octubre 21, 2008

Es nuestra necesidad de escribirnos en cursiva que no nos gustan las palomas. Y que muchísimo menos nos gustan las palomas mojadas. Es nuestra necesidad de cortarnos el pelo cortito y dejarnos solo un rulo largo para que nos baile en los hombros, para que nos cante, en otoño, canciones de primavera. Es nuestra necesidad de buscarnos en cualquier subsuelo, para contarnos un cuento en voz muy bajita, nuestra necesidad de no entendernos. Nuestra necesidad de contar hasta cinco antes de querernos.
Es mi necesidad de no usar cordones y de no querer atarte. Es mi necesidad de seguirte, de buscarte, de disimularme. Es mi necesidad de arrancarme las uñas y de llorar y de ser cursi y de querer fumarme un árbol. Es mi necesidad de patear la madera y ver colores. Es mi necesidad de ser necesaria entre paréntesis y abajo de un techo con manchas de humedad.

domingo, octubre 19, 2008

Presente, Carajo

Me acabo de dar cuenta que no te di, todavía, una calurosa bienvenida.

Esto no es lo que soy, es lo que puedo mostrarte, lo que sé decirte sin escupir las palabras.

Me llamo como me quisieron llamar y como hubiese elegido también. Tengo rulos, las manos ásperas y una risa demasiado estridente. Mi mochila tiene nombre, me baño todos los días y algunos sábados tres veces. Me gustan los cigarros, el mate, el helado, caminar y enamorarme.
Amé dos veces y me enamoré unas cuantas más. Me enamoro porque quiero y porque no lo puedo evitar y porque necesito de esa magia que genera.

No me gusta de mí ni mis pies, ni mi nariz, ni lo que digo, ni lo que pienso, ni lo que escribo, ni cómo leo. Me gustan un poco mis pestañas y mi uña del dedo índice izquierdo, pero nada más. Siempre digo que qué linda que soy, que qué bueno, para convencer a mi entorno y que mi entorno me convenza a mí, pero siempre me sale mal.

Tengo pocos años y la sensación de haber vivido. Una vez soñé con una oveja rosa y me hicieron dibujarla y otra vez, sin darme cuenta, estaba queriendo una oveja surrealista que grite gol.
Tengo pocos años, alpargatas y los susurros de voces lindas me hacen soñar una semana y media.

Cuando estoy aburrida hago pulseras o alguna labor de abuela, o una lista o escribo textos que nunca más quiero voy a volver a leer. (Cuando los vuelvo a leer los quemo, porque son feos y porque me gusta el papel quemándose y por eso a veces escribo en computadora, para que quede un rastro de mí y puedan venir mis Hansel y Grettel a buscarme a algún lugar).

Me gusta desaparecer y saber que me están buscando, y buscar sin disimulo si quiero compañía. No me gusta no ser yo, pero a veces me vuelve esa vieja y tonta costumbre. Exploto cantando, riendo, llorando o queriendo y siempre después me siento bien.

Me llamo magui y me gusta hacer regalos y jugar con los sonidos de las letras. También las tildes y las personas que siempre parecen saber qué decir. Me gusta viajar en colectivos vacíos ratos largos y leer y mirar por la ventana la ciudad que nunca deja de vivir -y que solo vive en algunos rincones-. Algunas palabras me flashean durante meses y otras me causan mucha gracia.

No puedo tener piel cerca y no acariciarla y no puedo decir que no. Me fascina el color gris y me puede cualquier cosa que esté cerca de mi cuello. No fumo nunca dos atados de la misma marca, a menos que sea lo único que pude conseguir-robar. Mi cuarto no parece mi cuarto y yo huelo a mi casa. No me gustan las flores en la ropa, ni en los cuadros, ni en los cuentos, a veces, un poco, verlas en algún jardín. Me molestan los acolchados que dejan esa sensación fea en las uñas y me gustan las fotos blanco y negro. Me gustan los besos despacitos y siempre miro a los ojos. No sé cantar, ni tocar la guitarra, ni nada que suene a música, pero la gente cantando despacito o tocando muy desde adentro me hace muy feliz.

Siempre tengo la sensación de que no caigo bien y me cuesta mucho llamar por teléfono, aunque siempre tenga ganas de hablar. Si no tengo un marco de confianza que me resulte cómodo hablo poco y digo imbecilidades, pero después de un tiempo creo que puedo hacer sonreír.

Perdí algunos amigos a lo largo de mis días y es el día de hoy que a veces los corro para verlos un ratito. No puedo salir sin mi mochila y tengo adentro muchas cosas que no sirven y muchas cosas que algún día van a ser útiles. Pienso que es mejor lastimar que mentir y que la razón más válida es no tengo ganas porque no me surge.

Dependo siempre de algo que me genere ganas de y cuando eso pasa camino más rápido. Aprendí a estar bien dondequieraqueesté y no sé disimular, a menos que sienta que el disimulo es necesario. Creo que soy bastante observadora y los detalles me hacen amar con desmesura.

Y acá paro por un rato de desnudarme con un teclado, porque total, no voy a poder enamorar;

   Dejate llevar

Suena un blues y ves consumirse el cigarro al lado tuyo, sobre la vereda. No hablas, no cantas, ni saltas. Solo estás ahí, sentado, ni siquiera fumas el cigarro. El tiempo va tan lento que parece no pasar; miras todo y no tocas nada.

Espectador.

Nunca (lo) entenderás y te encanta sentir el viento. Y te encanta el color de las brasas y el color del humo, y no fumas porque no sabes, te dedicas a mirar. Siempre a mirar.

Especular.

No (lo) tocas.
No (lo) sientes. Lo miras, lo masturbas en tu mente (una y otra vez)

Espectáculo.

Te rascas un poco la rodilla y la tarde (la mañana, la noche, no lo sabes) ya huele un poco a rock and roll. Te falta aún ese acorde que te hace reaccionar.

Esperar.

No llegas, nunca llegarás. Está muy lejos (tan lejos). Puedes oír, la música no te deja dormir. Puedes estar despierto. Puedes.

Esperanza.


Ya no (te) importa. Ya no (te) preguntas (por) qué. Se te escapan algunas risas afónicas, gastadas. Estás ahí, atrapado, con esa voz que te grita en inglés que existe el descontrol.

Estallar.

Escupime un cordero

Pintame una vaca en tonos pastel.

Pintame una vaca con tres patas y otra vaca al revés.

Pintame una vaca sin efectos especiales,

pintame una vaca y tené ganas de regalármela.

Pintame tres vacas y gritame en cada pincelada mal dada que tenés ganas de pintarme

.



pintame una vaca con B,
pintame una vaca con un generador en el ombligo.

Pintámela en los pies.

sábado, octubre 18, 2008

No entender y no decir. Y creer.

Correr con cascabeles en los pies y seguir corriendo. Hacer ruido y que te duelan las piernas y no frenar, porque no despertaste al caballito que tiene la mirada quieta y sube y baja. Correr alrededor de la calesita, al rededor de la plaza, al rededor de la ciudad. Correr con cascabeles en los pies y hacer tanto tanto ruido. Una vieja te tira pan duro, porque quiere dormir la siesta y el heladero te mira y le gustaste así: corriendo y haciendo ruido; pero solo es porque le gustan los cascabeles. Igual no importa, porque te regala un helado y vos seguís corriendo y el helado se te cae al piso e hiciste tanto ruido que pensás que quizás, el caballito no se quiere despertar.